Domingo de Guzmán, predicador de la gracia

15 de enero de 2010
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Domingo de Guzmán, predicador de la graciaLa frase está tomada del O lumen. No sabemos exactamente qué sentido quiso darle el autor del texto original. Ciertamente, el texto de este canto dominicano tiene sabor a apología. Y  las apologías, como las herejías, suelen ser exageraciones. No son mentira, por eso están permitidas. Pero tampoco son toda la verdad, por eso hay que ser muy cuidadosos al hacerlas.

Quizás el dominico que más ha hurgado en el contenido de la expresión “predicador de la gracia”, ha sido Humberto de Romanis. Este temprano Maestro General de la Orden se pregunta qué debe significar para cada dominico ser “predicador de la gracia”. Lo hace cuando habla de la esencial vinculación entre el ministerio de la predicación y el Espíritu Santo. No se refiere explícitamente a Domingo de Guzmán, ya fallecido, aunque seguro que tuvo muy en cuenta la memoria del fundador, que le servía como modelo de predicador. En todo caso, las reflexiones de Humberto pueden guiarnos en nuestro intento de conocer  por qué se le canta a Domingo como predicador de la gracia.

 

1. La predicación de Domingo o Domingo como predicador.

Se han conservado sermones de Santo  Tomás, de San Vicente Ferrer, de Savonarola, de Fray Luis de Granada…  Sabemos cómo predicaban, qué decían en sus sermones, cuáles eran sus temas preferentes, cuál era el blanco de su predicación. No se ha conservado ningún sermón de Domingo. No tenemos un texto escrito que nos permita conocer a ciencia cierta cómo predicaba Domingo, qué decía en sus sermones, cuáles eran sus temas preferidos, cuál era el blanco de su predicación.

Igualmente, se han conservado algunos tratados sobre el ministerio de la predicación. De entre ellos el más antiguo en la tradición dominicana y el más famoso es el de Humberto de Romanis Sobre la Instrucción de los predicadores. Por él sabemos cómo entendía Humberto el ministerio de la predicación, su naturaleza, sus objetivos, sus temas… y, sobre todo, sabemos que para Humberto el gran y único Maestro de los predicadores es el Espíritu Santo. Pero, además, ese tratado de Humberto sobre la predicación nos permite conocer las virtudes y los vicios de los primeros dominicos en el ejercicio del ministerio de la predicación: cómo preparaban los sermones, cómo predicaban, qué buscaban con la predicación… Esto quizá nos permita ya acercarnos un poco al modelo de predicación que quería  Domingo y del que bebieron los frailes de la primera generación.

Pero Domingo no escribió ningún tratado sobre la predicación. Se dedicó a predicar, no a teorizar sobre la predicación. Por consiguiente, no tenemos una fuente directa que nos permita conocer de primera mano qué puede significar ser predicador de la gracia según Domingo, cómo interpretaba él la naturaleza de la predicación cristiana.

Lo único que nos queda para saber si Domingo de Guzmán era predicador de la gracia y qué podría significar en él ser predicador de la gracia, es el testimonio de sus contemporáneos sobre su celo apostólico. En este sentido, tienen gran importancia los testimonios ofrecidos por algunas personas en la causa de canonización de Santo Domingo, el primer santo canonizado tras un proceso con testigos. 

Los biógrafos y cronistas, como Jordán, dicen cosas muy importantes sobre el celo apostólico de Domingo. “Todos los hombres cabían en la inmensa caridad de su corazón, y amándoles a todos de todos era amado” (Jordán 59). “De su corazón había hecho un hospital de infortunios y no sabía cerrar a nadie las entrañas de su misericordia” (P. Ferrando 5). “El se afanaba con todas sus fuerzas por conquistar almas para Cristo, y sentía en su corazón una emulación casi increíble por la salvación de las almas” (Jordán 20). Y también los cronistas primeros hablan bien de su  dedicación al ministerio de la predicación. En visión, Pedro y pablo le envían: “Ve y predica, porque Dios te ha escogido para este ministerio” (C. de Orvieto, 21).

 Pero son sobre todo los testigos que testifican en el proceso de canonización quienes ofrecen testimonios más frescos sobre la misión evangelizadora de Domingo. “[Domingo] era compasivo con el prójimo y deseaba ardientemente su salvación; predicaba con mucha frecuencia y, por todo los medios que podía, animaba a los frailes y los enviaba a predicar, rogando y amonestando para que fueran solícitos de la salvación de las almas”. Así testifica Juan de Navarra (Proceso, 32).

Todavía tenemos otra clave para saber qué puede significar la expresión  predicador de la gracia aplicada a Domingo. Es el carácter de la predicación practicada por la primera generación dominicana. Se trataba, preferentemente, de una predicación carismática, no basada en la autoridad jerárquica, sino en la fuerza de la Palabra, en la acción del Espíritu, en el testimonio de la vida evangélica del predicador y de la comunidad. Se trataba de una predicación doctrinal, no intelectual, cuyo contenido era básicamente el misterio de la salvación. Se trataba de una predicación positiva, en la que se destaca el anuncio de la buena noticia de la salvación que da lugar a la esperanza. Todas estas características hacen del dominico un predicador de la gracia. Se trata pues de una predicación muy alejada de la mera exhortación moral  o de la simple parénesis, de la predicación moralizante.

Pero con esto no está despejada la incógnita  del significado que tiene la expresión “predicador de la gracia”. Hagamos, pues algunas, observaciones más.

 

2. ¿Predicador de la gracia o predicador gracioso?

No sabemos si Santo Domingo era gracioso predicando. No tenemos datos suficientes para afirmarlo ni para negarlo. Al menos, no sabemos cuál era su talante mientras predicaba a las gentes. Pero suponemos que su carácter personal informaba también su predicación. Es imposible cambiar de carácter de forma permanente mientras predicamos o prescindir del propio carácter en el ejercicio del ministerio de la predicación. (Puede suceder alguna vez incidentalmente, pero no de forma permanente).

Pues bien, de Domingo estamos seguros que era de Caleruela. Por consiguiente no es arriesgado suponer que tenía un carácter serio, sobrio, adusto, lo cual suele ser frecuente y generalizado en el varón castellano. Además, era hijo de un caballero, lo cual quizá reforzó ese carácter.  Lo más lógico es que su predicación fuera también sobria, austera en palabras, en retórica, en adornos, en gracias… Puede que fuera predicador de la gracia y no fuera un predicador gracioso. Todos hemos conocido este tipo de predicadores: predicadores de la gracia sin especial gracia.

Sin embargo, los primeros cronistas nos dan algunos datos que nos permiten adivinar en Domingo un cierto sentido del humor. Es verdad que los autores de las primeras crónicas, como medievales que son, gustan de adornar la historia con narraciones fantásticas, difíciles de digerir hoy cuando predomina la mentalidad racional y científica. Pero, aunque le pongan mucha fantasía y mucho adorno, siempre hay que suponer alguna verdad debajo de tantos sueños, tantas fantasías y tanta imaginación.

Algún sentido del humor debía tener Domingo cuando Cecilia lo presenta obligando al demonio, que andaba por allí merodeando en forma de mona, a tenerle la vela mientras Domingo rezaba el breviario, hasta que la vela se consumió y comenzó a arder el dedo del demonio (Beata Cecilia Romana, Relación de los milagros obrados por Domingo en Roma, 4). Y algún sentido del humor debía tener Domingo, si la misma Cecilia dice haberle visto imitar al demonio en forma de mona, para distraer y divertir a las monjas. (El asunto es tan cómico y fantasioso que el mismo Melchor Cano pondrá en causa la veracidad histórica del milagro y de la escena subsiguiente).

De este anecdotario poco podemos concluir respecto a la predicación de Domingo: si era graciosa, ampulosa, retórica… y si él era un predicador gracioso. Puede ser que su éxito en la predicación no estuviera en sus habilidades retóricas o en sus chistes y gracias, capaces de entretener y divertir a los oyentes. Los contemporáneos aseguran que la predicación de Domingo tenía una gran capacidad de convocatoria, pero quizá era por otros motivos, no porque fuera un predicador gracioso.

En relación con este asunto del predicador gracioso, el cronista franciscano Salimbene habla de un dominico en 1233 (el año de las grandes “Alleluias”: se llamó así porque pasaron cosas maravillosas en la predicación), Jacobino de Regio que era gracioso en la predicación y tenía la gracia de la predicación (S. Tugwell, The way of Preacher…, 65). Gracioso es el que agrada a la gente; tiene la gracia de la predicación el que habla con el don de Dios. En las oraciones por los predicadores del viejo misal dominicano, la primera oración era para pedir la gracia de la predicación, la segunda era para pedir el verbo gracioso. La respuesta de la gente al predicador gracioso es respuesta al predicador y normalmente el aplauso; la respuesta a la gracia de la predicación es respuesta a Dios y normalmente algún tipo de conversión (S. Tugwell, 67). Es la gracia de la predicación lo que hace la diferencia entre la predicación y el  entretenimiento cultural  (S. Tugwell, 67).

Este asunto del predicador gracioso merece hoy una consideración especial y un poco de discernimiento. Es más frecuente en el mundo norteamericano y anglosajón que en el mundo latino. En ninguna asamblea he escuchado  tantas y tan sonoras carcajadas cono en una parroquia de una pequeña ciudad norteamericana. El asunto se ha extendido sobre todo después de que se promovió la teología narrativa. Algunos predicadores graciosos – y otros no tan graciosos- han recurrido con frecuencia al género del cuentacuentos en sus sermones.

No está prohibida la risa en la asamblea cristiana y menos el risus paschalis. Es mucho más saludable que la cara larga y amargada. Por eso no está prohibida la gracia, el chiste elegante, el cuento bien contado… durante la homilía.  Pero el propósito final de la predicación no es distraer o entretener, sino evangelizar, es decir anunciar el Evangelio, clavarlo en los huecos de la existencia humana, hacer que los oyentes lo experimenten y lo pongan en práctica.

Hace algunos años un fraile predicó en Caleruega un precioso sermón sobre los girasoles. No voy a nombrar al fraile porque es muy conocido. Compartí mesa con él después de la eucaristía, junto con otros hermanos. Nos preguntó qué nos había parecido el sermón. Y hubo dos respuestas muy significativas. Uno de los comensales le dijo: Fray X, lo que dijiste ya me lo sabía, pero me parecía nuevo. Es un cumplido muy interesante. Otro le dijo: Fr. X, hablas tan bien que distraes. Este es un cumplido con mucha miga. Si el predicador gracioso sólo consigue distraer y entretener, ¿será verdaderamente predicador de la gracia? No estoy tan seguro. Las gracias son buenas si se administran bien, en la vida cotidiana y también en la predicación. Son malas si ofenden y también si en la predicación sólo sirven para distraer, para ganar el aplauso de la asamblea, para pasar el rato. No se ha de confundir el templo con el circo.

 

3. Predicador de la gracia, es decir: ¿con la gracia de la predicación?

Domingo de Guzmán, predicador de la graciaLa expresión “gratia praedicationis” (la gracia de la predicación) aparece ya en las Constituciones primitivas, en el Liber Consuetudinum, que, en opinión de los estudiosos, fueron escritas del puño y letra de Domingo.  (La expresión había sido utilizada por San Gregorio Magno y el contenido está presente, por supuesto, en las cartas de Pablo, el evangelizador).

En los orígenes de la Orden el Capítulo General tenía la responsabilidad de discernir esa gracia de la predicación en los frailes. Era misión del Capítulo General seleccionar, promover e investir canónicamente a  los frailes para la predicación. He aquí el texto: “Después de esto, sean presentados los que a juicio de algunos, son idóneos para predicar y aquellos que… recibieron el oficio de la predicación. Todos los cuales, sometidos por separado a un diligente examen por personas idóneas, deputadas para esto y para otras cuestiones del Capítulo, e interrogados cuidadosamente los frailes con quienes han vivido acerca de la aptitud (gracia) para predicar –gratia praedicationis- que Dios les hubiere otorgado, y del estudio, la religiosidad, fervor en la caridad, propósito e intención, y después del testimonio de estos… aprobarán lo que juzguen más útil, a saber: si dichos frailes deben continuar en el estudio para ello o ejercitarse en la predicación con los frailes más expertos, o si son idóneos  y útiles para ejercer por si mismos el oficio de la predicación” (Dist II, 20).

¿Qué significa exactamente esa expresión gratia praedicationis? ¿Se refiere al atractivo del predicador y de la predicación? ¿Se refiere a la convicción personal de estar llamado por Dios a ese ministerio? ¿Se refiere a la manifestación de dotes oratorias especiales? ¿Se trata de una mera idoneidad o aptitud para predicar? ¿Se trata de poseer esas cualidades naturales que proporcionan a una persona el don de la palabra, de la elocuencia, del buen decir, de la retórica…? No, ninguno de estos significados es suficiente para agotar la riqueza de esta expresión en la literatura dominicana primitiva (aunque todo ayuda).

Más bien, parece que la gratia praedicationis es una gracia especial, que Santo Tomás llamará gratis data (STh II-II, 177, 1). Se trata más bien, dice el P. Beduel, de “un carisma, una vocación sobrenatural de quien está seguro de que el Espíritu puede hablar en él y a través de él” (La fuerza de la Palabra, 144). Porque las primeras Constituciones dicen de esa gratia praedicationis que es un don conferido por Dios (Dist II, 20). En este caso, la predicación dominicana sólo es auténtica si es predicación carismática, es decir, si es obra del Espíritu que otorga la gracia de la predicación. Humberto insiste con toda seguridad que el Espíritu Santo es el único Maestro de los Predicadores, que este oficio de la predicación no se aprende con instrucción y entrenamiento como otros oficios.

Por consiguiente, según esta interpretación, el predicador con la gracia de la predicación no es el predicador gracioso, el predicador atractivo, ni siquiera el orador agradable de oír.  Es aquel que ha recibido de Dios la gracia, el carisma, el don eficaz de la Palabra. Si el predicador es digno de crédito, si tiene autoridad, es sólo por la fuerza sobrenatural que le invade, no por su autoridad institucional, por estar ordenado in sacris.

Quizá fue Humberto de Romanis el que más se esforzó por interpretar el verdadero significado de la gratia praedicationis. Afirma que la predicación es la vocación más excelente, que los predicadores son como la boca de Dios. La predicación es un don de Dios para la edificación de la Iglesia. No es un oficio que se puede aprender como otro cualquiera, ni siquiera como un arte que se llega a dominar.  La gracia de la predicación es incluso capaz de superar el pecado del predicador, y hacer que la Palabra llegue a los oyentes a pesar de la torpeza del predicador.

Si Domingo escribió lo que escribió sobre la gratia praedicationis en el Libro de las Constituciones, se supone que él había experimentado la gracia de la predicación, que su predicación era carismática, que deseaba que de entre los frailes sólo predicaran aquellos que habían recibido la gracia de la predicación.

Pero esto planteó pronto problemas muy serios en la Orden. ¿Basta el mandato eclesial para tener la gracia de la predicación? No. Se trata de un carisma, aunque deba ir acompañado por el mandato eclesial. ¿Se trata de una gracia especial para ejercer el ministerio de la predicación? ¿Hay frailes que no han recibido la gracia de la predicación? Entonces, ¿qué hacen en la Orden de Predicadores? Y el problema más grave: ¿Cómo discernir este asunto? ¿Cómo saber con certeza quién tiene la gracia de la predicación? ¿Cómo descubrir en los frailes las huellas de la “gracia de la predicación”?

Fue quizá este difícil problema del discernimiento y, sobre todo, la apropiación abusiva de la gracia de la predicación por parte de algunos predicadores lo que llevó al Capítulo General de 1249 a eliminar la expresión gratia praedicationis de las Constituciones. (S. Tugwell, The way of the Preacher, Illinois 1979, 36). Con ello sin embargo, no se negaba la necesidad de la gracia de la predicación, pero se pretendía salir al frente de algunos abusos, y quizá de alguna discriminación injustificada dentro de la comunidad.

El caso más famoso o escandaloso de este abuso de la gracia de la predicación fue el de Juan de Vicenza, el fraile que más rezó por la canonización de Santo Domingo, que era una lumbrera en Bolonia, de modo que el pueblo pidió al Capitulo General que no lo asignara a otro lugar… Este fraile, absolutamente convencido de tener la gracia de la predicación, llegó a cometer tales barbaridades  que amenazó a los frailes con desacreditar a Santo Domingo, ya canonizado, si no le prestaban a él los debidos honores. Llegó un momento que los hermanos ya no podían soportarle más. Incluso llegó a regañar severamente al hermano barbero de un convento porque no recogía su cabello para guardarlo como reliquia, cuando se lo cortaba (Parece que sucedió en un convento franciscano). (S. Tugwell, 37).

El problema de fondo era, casi siempre, el problema del discernimiento. Se  hizo un gran esfuerzo para encontrar criterios a la hora de discernir quién tenía la gracia de la predicación.

En el siglo XIII se acudió a algunos criterios para este discernimiento, aunque ninguno se consideraba como absoluto y definitivo.

Un primer criterio era la motivación del predicador. Por ejemplo, si alguien pretendía ser el mejor predicador del mundo era señal clara de que no había recibido la gracia de la predicación (S. Tugwell, 70).  Efectivamente, la única motivación auténtica es el celo apostólico, el deseo ardiente de que el Evangelio sea conocido y practicado. Este propósito está por encima de cualquier otro interés o cálculo humano.

En esta misma línea, un segundo criterio era la pobreza de espíritu del predicador o la conciencia de su propia indignidad, contra la fácil tentación de considerarse profeta, sobre todo cuando el predicador se ve rechazado o perseguido. Y era esta pobreza de espíritu la que daba lugar en el predicador a la compasión, la misericordia, la humanidad.

Un tercer criterio era la efectividad de la predicación. Pero no siempre la reacción del público es la medida exacta de la autenticidad de la predicación y del mensaje. Casi siempre los profetas han experimentado algún rechazo en su ministerio, y a veces tanto más rechazo cuanto más genuino era el mensaje. Claro que si año tras año la efectividad es nula, cabe pensar que falta la gracia de la predicación que acredite la misión y el mensaje.

En realidad, ningún criterio era absoluto y definitivo, porque es difícil discernir los asuntos del Espíritu. Quizá por eso se optó por eliminar la expresión de las Constituciones y dejar al Espíritu que repartiera ese carisma y lo juzgara él mismo.

Al menos de Domingo estamos seguros que tenía la gracia de la predicación, si nos atenemos a estos criterios. Nadie ansiaba más que él la salvación de las almas, nos dicen los testigos de su canonización. Y no fueron pocos los frutos que cosechó de su predicación en tiempos difíciles y convulsos.

Hoy, sin adentrarnos en juicios a ningún hermano o hermana, tendríamos que orar todos para ser ungidos con la gracia de la predicación. Como en el caso de Domingo, la gracia de la predicación se encarna en algunos rasgos fundamentales del predicador: Estar afectado por un gran celo apostólico, por un celo ardiente por la salvación de esta humanidad; estar afectado por una gran compasión y misericordia hacia los pobres, los pecadores y toda clase de dolientes, de tal forma que los oyentes no sean mirados como enemigos del predicador; estar afectado por una profunda experiencia de fe, de Dios, de la gracia, sin lo cual es imposible tener la gracia de la predicación o predicar la gracia. Nadie puede predicar la gracia si antes no la ha experimentado.

A esta reflexión habría que añadir un tema en revisión en la teología actual. No son tan claros los límites entre lo natural y lo sobrenatural, entre la naturaleza y la gracia, entre la creación y la salvación… Desde el misterio de la encarnación del Verbo de Dios, podemos afirmar que todo es gracia, menos el pecado. Todo es sobrenatural, menos lo antinatural. Todo es divino, menos lo inhumano.

Y una cosa debe estar clara. Comenzando por Domingo, siguiendo por Jordán, Humberto… y todos los demás Maestros de los Predicadores, en la tradición dominicana siempre se ha insistido que la gracia de la predicación no dispensa al predicador de poner todos los medios humanos para desempeñar su ministerio con competencia profesional (oración, estudio, habilitación profesional, preparación inmediata de la predicación).

Humberto insiste en ello una y otra vez. Recordamos algunas perlas de su manual: La predicación es un don de Dios. Otros oficios se adquieren con entrenamiento y práctica frecuente; éste es una gracia recibida, la gracia de la predicación (p. 50). El Maestro de la predicación es el Espíritu Santo, que pocos predicadores tienen (y todos deberíamos tener). (p. 51). “Dedíquese a la predicación el que ha recibido la gracia de la predicación” (p. 106). Aunque la predicación es un don de Dios, el predicador prudente debe prepararse con estudio asiduo y oración, pero no para decir sutilezas, para dar vueltas a las palabras, para multiplicar las anécdotas…, sino para transmitir el verdadero mensaje (p. 52 y 53). “El predicador debe recurrir ante todo a la oración, para que le sea dada una palabra eficaz para la salvación de sus oyentes” (p. 57). El predicador debe conocer la Escritura, las criaturas y la historia (p. 62).

 

4. Simplemente predicador de la gracia.

Quizá el autor de la letra del O lumen, con la expresión praedicator gratiae aplicada a Domingo, quiso decir simplemente que Domingo gustaba de predicar gracia y salvación, en vez de abundar en amenazas y condenas. Y quizá con ello toda la familia dominicana es invitada a continuar esa misma predicación de la gracia. En este caso, la gracia no es ya un carisma que se ha dado al predicador, sino la entraña del mensaje que es preciso transmitir mediante el ministerio de la predicación cristiana.

Hay algunas pistas que nos llevan a Domingo como predicador de la gracia.

En primer lugar, el celo ardiente de Domingo por la salvación de las almas. Numerosos testimonios destacan este rasgo esencial en la persona y la vida de Domingo. En un tiempo de apocalipsis no ansía la condenación de nadie, sino la salvación de todos. Lo testifica Jordán: “Se afanaba con todas sus fuerzas en conquistar almas para Cristo, y sentía en su corazón una emulación casi increíble por la salvación de todos” (Jordán 20). “Hacía a Dios constantemente esta súplica especial. Pedíale se dignase darle la verdadera caridad para cuidar y trabajar eficazmente en la salvación de los hombres juzgando que sólo sería miembro de Cristo cuando se consagrase por entero a la salvación de las almas, a semejanza de Jesús nuestro Salvador, que se entregó totalmente para redimirnos” (Jordán 7).

Y en lo mismo abundan los testigos de la canonización: “Deseaba la salvación de todas las almas, tanto de los cristianos como de los sarracenos, y especialmente de los cumanos y otros, y era más celador de las almas que cualquier hombre que vio jamás” (Fray Rodolfo de Faenza, Proc. Bolonia 6; Fray Gillermo de Montferrato, Proc. Bolonia 2; Fray Pablo de Venecia, Proc. Bolonia 8…). “Fue celoso de la salvación de las almas…” (El abad cisterciense de Boulbonne, Proc. Toulouse 3). “El bienaventurado Domingo tenía una sed ardentísima de la salvación de las almas; era amante en grado sumo de las almas, y ferviente en la predicación…” (Don Guillermo de Peyronnet, Proc. Toulouse, 18).

Este celo por la salvación de las almas, por la salvación de todos, inspiraba el propósito de su predicación: anunciar la salvación y procurar la salvación de todos. Y así Domingo era verdaderamente “predicador de la gracia”. Hoy tampoco se puede ser predicador de la gracia, si nuestra predicación no brota de ese celo apostólico por la salvación de toda la humanidad. ¿Cuál es el nivel del celo apostólico en nuestras comunidades? ¿Es la predicación una urgencia apostólica o una mera profesión? ¿Predicamos porque “ay de mi si no evangelizara” o sólo cuando nos lo manda el prior y porque nos lo manda el prior?

Una segunda pista que nos lleva a Domingo como predicador de la gracia es la insistencia de la primera generación dominicana en la bondad de Dios. No dejaron los primeros frailes una fórmula tan contundente como la de Francisco de Asís, que presentaba a Dios como “Sumo Bien, Todo Bien, Solo Bien”. Pero la primera generación dominicana sí dejó testimonios claros de que la bondad es el rasgo más destacado y más esencial del Dios cristiano. Lo dejó en las primeras crónicas, más fantasiosas. Se llega a contar de un fraile que, entrado ya en la agonía, repetía mecánicamente “Dios es bueno”, “Dios es bueno”, “Dios es bueno”… Y lo dejó también en la orientación teológica de nuestros  grandes Maestros. Tomás de Aquino coloca la bondad como el rasgo esencial de Dios. Dios es esencialmente bondad. Y de ahí procede además el optimismo antropológico de toda su teología: esta creación es buena por ser obra de Dios, y esta humanidad es buena por haber sido creada a imagen y semejanza de Dios.

De seguro que la primera generación dominicana bebió del fundador esa misma fe en la bondad de Dios y de la creación. Esto nos lleva a pensar que en un medio social y religioso en el que prevalecía el temor a Dios, el miedo a Dios, Domingo fue, seguro, un predicador de la bondad de Dios… y también predicador de la bondad de la creación y, sobre todo, de la humanidad. Si Domingo, en su predicación, se enfrenta a los cátaros no es por animadversión frente a ellos (por los que siente verdadera compasión); es  porque no puede aceptar su doctrina dualista, su desprecio de la materia, del cuerpo, de la historia, de la encarnación.

Esto queremos decir cuando le proclamamos “predicador de la gracia”. No debemos renunciar a esta herencia teológica ni en nuestra docencia ni en nuestra predicación. Y menos hoy cuando hay sectores en la Iglesia que arrojan una sospecha sistemática sobre el ser humano y segregan sin cesar  pesimismo antropológico y teológico.

Una tercera pista que nos lleva a Domingo como predicador de la gracia es el carácter “doctrinal” de la predicación dominicana desde los orígenes de la Orden. Como lo del “carácter doctrinal” suena hoy tan mal y se presta a tantos malentendidos vale la pena hacer algunas aclaraciones.

A la Nueva Orden de Predicadores se le concedió la misión de una predicación doctrinal, análoga a la de los obispos, para que se distinguiera claramente de la predicación moral que se permitía a los movimientos laicales. A estos sólo se les permitía la predicación moral, la exhortación a la conversión, la parénesis… A la Nueva Orden de Predicadores se le encomienda la predicación doctrinal, la predicación de los grandes misterios de la doctrina cristiana, del mensaje cristiano.

Pero este carácter doctrinal no significa que la predicación ha de  tener carácter académico, abstracto, teórico; que cada sermón ha de ser una clase resumida. No. Significa que el objeto de central de los predicadores de la gracia han de ser los grandes y hondos misterios de la fe cristiana: la creación, la encarnación, la redención, la resurrección, la vida consumada en Dios. El predicador que no llega a estas alturas o bajuras del misterio cristiano, no es predicador de la gracia. Así entendió la primitiva generación dominicana el ministerio y el objetivo de la predicación que Domingo les había encomendado. Así entendió la primitiva generación dominicana lo que significa ser “predicador de la gracia”. Lo cual nos lleva a pensar que Domingo lo fue, que fue praedicator gratiae. Porque no se quedó en la mera exhortación a la penitencia, en la invitación a la conversión, en la enseñanza de la moral… Predicó la bondad de Dios y la gracia de la salvación, la gratuidad de la justificación.

A los dominicos se nos ha acusado con frecuencia de intelectualismo, quizá porque a veces hemos interpretado mal este carácter doctrinal de la predicación dominicana. Es hora de reconducir nuestra predicación doctrinal hacia su sentido más genuino. Quizá ha llegado el momento de atrevernos a predicar de nuevo los misterios más grandes y más hondos de la fe cristiana, si queremos ser predicadores de la gracia. Porque en la predicación es fácil deslizarse hacia una moral de rebajas, hacia un humanismo light, hacia una condena maniquea de esta humanidad. Pero eso no es ser predicador de la gracia.

Es difícil  saltar la barrera de las ideologías al uso, librarse de lo políticamente correcto, renunciar a un discurso condescendiente y complaciente… Pero es necesario. Porque quedarse ahí tampoco es ser predicador de la gracia.

Es difícil entrar de lleno en el kerigma, colocar a la audiencia ante del desafío de la fe, ayudar a los oyentes a comprender y experimentar qué significa salvación gratuita en Cristo, justificación por gracia, nacer de nuevo por obra del agua y del Espíritu… Pero es absolutamente necesario. Porque eso es ser predicador de la gracia. Una predicación así es una fuente de esperanza.

Quizá sólo experimentando la gracia de la predicación y ejercitando la predicación de la gracia, podremos comprender el texto del O lumen, y captar todo el significado que tiene decir de Domingo que es praedicator gratiae.

Fr. Felicísimo Martínez, O.P.


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