Dimensión misionera de la Orden de Predicadores

8 de enero de 2010
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Comencemos expresando una verdad evidente: la dimensión apostólica y misionera de su Orden es patente para los dominicos y dominicas; y lo es también para la Iglesia y los pueblos. Orden de Predicadores significa don del Espíritu a la Iglesia a favor y al servicio de la evangelización.

La vida de su fundador, Santo Domingo de Guzmán, y los textos de las primeras Constituciones, elaboradas bajo su dirección y pulso entre 1220-1221, hablan con claridad meridiana de la «vocación» a participar «de la misión de los apóstoles» en orden a comunicar la buena nueva de la salvación «al mundo entero».

En el silencio contemplativo de un auténtico «predicador» se debe percibir el eco inextinguible de la voz penitente y orante de Domingo: ¿qué será de los pobres pecadores? ¡Dame, Señor, la gracia de llegar a los cumanos...! Y esto no posee tinte alguno de «leyenda». La más rigurosa «historia» recuerda ese y otros gestos de Domingo que traslucen vivencias apostólico-misioneras de primera magnitud. Una de ellas es su petición insistente a los Definidores y miembros del Capítulo General en súplica de que le dispensaran de ejercer el cargo de Maestro para dedicarse a la evangelización de los paganos. Otra, quizá más importante, es la imposición de «nombre» a la obra eclesial que salía de sus manos; Orden de frailes predicadores, instituida para la predicación y salvación de las almas.

La proyección apostólico-misionera ha marcado de tal manera el estilo y peculiaridades de la vida dominicana que cualquier intento de sustraerle ese sentido supondría una pérdida lamentable de su valor eclesial e histórico. El modo comunitario de vida, la brevedad discreta de su liturgia, el carácter de sus votos, el valor del estudio..., todo está directamente relacionado con la dimensión apostólico-misionera. Los dominicos, y también otros frailes «mendicantes», acentuaron la itinerancia, la inserción en variadas culturas, la ampliación de responsabilidades, la formación académica y la audacia de las empresas misionales.

El ideal que Domingo no pudo realizar personalmente como servicio misionero a todas las iglesias lo infundió maravillosamente en sus hijos, discípulos y sucesores. No pocas veces se ha dicho que la expansión de la Orden de Predicadores en el siglo XIII se da la mano con el fervor misionero de sus religiosos. No sólo en el siglo XIII sino en muchos momentos gloriosos de su historia. Únicamente habríamos de sustituir la palabra «religiosos» por otra más amplia de «familia dominicana», pues en ocasiones son religiosas y laicos quienes mantienen encendida la antorcha.

Situados en perspectiva de «Familia Dominicana», se tiene la gozosa impresión de que los hijos de Santo Domingo supieron hacer realidad un hermoso pensamiento del Concilio Vaticano II en su «teología de la misión». Así como la iglesia misionera sabe que no posee plenitud de vida si todavía no cuenta con jerarquía nativa y vida religiosa contemplativa en su región, así también la familia dominicana —a través de sus Congregaciones, Provincias, movimientos apostólicos— cree no realizarse plenamente si sus caminos no se han abierto a algún tipo concreto de acción misional.

El siglo XX no desmiente lo que acaba de decirse. A partir del Vaticano II se han incorporado a la «teología de la misión» algunos valores nuevos e interesantes que reclaman incluso actitudes nuevas de espíritu. Asimilados dichos valores, las Congregaciones dominicanas y los frailes han proseguido en su empeño con nuevo ardor. Religiosas y frailes de Canadá o EE.UU., de Alemania o España, de Colombia o Francia, de Italia o México, de Inglaterra o Irlanda..., comparten sus vidas con nativos y culturas de África, Pakistán, India, Selvas amazónicas o Extremo Oriente. En ocasiones corriendo aventuras y riesgos ineludibles.

Ello no obstante, quien conozca de cerca la historia de la Orden de Predicadores observará fácilmente que ni todos los grupos de religiosos, religiosas y laicos, ni todos los miembros del mismo grupo se ligan a compromisos misionales de parecido rigor y audacia. También en esto cabe señalar algunas peculiaridades de la Familia Dominicana. En efecto, toda la Orden es misionera, pero no todas sus Congregaciones, Provincias y Fraternidades lo son de igual modo o en la misma intensidad. Cierto grado de compromiso apostólico, entendido como servicio activo a la fe por medio de la predicación en general, viene a ser un mínimo necesario en quien se precie de dominico. ¡Ay del dominico que no posea espíritu de apóstol y que no predique con su vida y palabra! En cambio el compromiso estrictamente misionero-evangelizador, ejercido en condiciones relativamente extraordinarias y a favor de pueblos y culturas que no han asimilado o acogido todavía la revelación de Jesucristo, aunque sea obra de todos, sólo adquiere el rigor de compromiso específico en cierto número de Congregaciones y de personas. Estas se ofrecen, generalmente, movidas por el Espíritu y sin voto que las vincule; pero se dan casos de Provincias que llegan incluso a añadir un «cuarto voto»: el de ir a misiones.

Lo más frecuente entre los dominicos es que los superiores convoquen a sus religiosos para empresas misionales y que éstos voluntariamente se ofrezcan a realizarlas; pero algunas Congregaciones —en el seno de la «Familia Dominicana»— han nacido «para la misión» directamente y se mantienen como «específicamente misioneras»; y algunas Provincias religiosas incluyen —en la profesión de sus miembros— el «voto de ir a misiones». ¡Hermoso pluralismo que ha resultado eclesial e históricamente fecundo! Ejemplos ilustrativos, entre los religiosos, son las Pro-vincias misioneras de Ntra. Sra. del Rosario de Filipinas (que, además de pobreza, castidad y obediencia, agrega el «cuarto voto» de «ir misionero al Extremo Oriente»), la llamada Congregación de Hermanos Peregrinantes (s. XIII), la Congregación de Santa Cruz de las Indias Orientales (portuguesa, s. XVI), la provincia de Santa Cruz de Indias (primera provincia en América, s. XVI) y sus derivadas. Entre las religiosas, algunas, como las HH. Dominicas Misioneras del Rosario (Perú, s. XX) forman parte de las «específicamente misioneras». Ejemplos también, en este caso de «convocatoria a los religiosos» para sumarse a las obras misionales.

«Semblanzas de misioneros», Editorial OPE, Caleruega 1985, 9-11.


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