Carta del Promotor General para el Laicado Dominicano

10 de octubre de 2009
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Fr. David Michael Kammler OP (Promotor General para el Laicado Dominicano)

Introducción

Queridas hermanas y hermanos en Nuestro Padre Santo Domingo,

Es una verdad común, especialmente presente en la Biblia: “Todo lo que existe necesita momentos de renovación para sobrevivir” – incluidos nosotros, los seres humanos. En la historia, y en la experiencia de la humanidad, están previstos momentos regulares de renovación, de nueva creación, que pueden presentarse dentro de una semana, un mes, un año, un siglo; una oportunidad de renovación física, agraria, una revitalización social y espiritual. Son esos 'tiempos santos' donde podemos recuperar la integridad de la creación, la totalidad de nuestra vida religiosa en todas sus dimensiones, con respecto a nosotros mismos, así como en la sociedad y,  como fuente de todo eso, nuestra relación con Dios.

También las ramas de nuestra Orden necesitan momentos de revitalización para liberar la totalidad de nuestra predicación y reavivar la llama de la visión original de Sto. Domingo. La “novena de años de jubileo”, celebrada en nuestra Familia Dominicana, podría ser una oportunidad de renovación para nuestra Orden en todas sus ramas, de acuerdo con su origen. Comenzó ya hace dos años en memoria del ochocientos aniversario de la fundación del monasterio de Prulla y continuará hasta el año 2016, 800 años después de la confirmación oficial de la Orden de Predicadores por el Papa Honorio III.

Estos nueve años podrían ser una oportunidad de renovación también para la parte más numerosa de nuestra Orden, las laicas y laicos dominicos. No hay cuatro antorchas diferentes, ardientes separadas, más bien una; una sola llama que se derrama en diferentes lenguas de fuego. El símbolo de la antorcha ardiente es muy familiar para nosotros, miembros de la Familia Dominicana, tomado del famoso sueño de la madre de Santo Domingo estando embarazada de él. Pero, ¿qué significa realmente eso en nuestros días, 'estar embarazados' de nuestras visiones al predicar la Gracia de Dios?

Esta novena de años será una oportunidad para el encender de nuevo la llama de nuestra vocación. La antorcha que está en la boca del famoso perro dominicano, nos recuerda obviamente la comparación de las palabras de Jesús cuando se dirige a sus amigos: “¡Vosotros sois la luz del mundo!... Brille así su luz ante los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos!” (Mt 5,14.16). San Pablo, en su primera carta a los Corintios, formuló esa consecuencia natural exclamando: “¡Ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Cor, 9,16). La luz de la Gracia que recibimos debe brillar y no ser puesta debajo de una vasija. ¡Ay de nosotros si no predicamos el evangelio! – en esa pequeña variación la exclamación de San Pablo es también el lema de nuestros años dominicos de novena dedicados a la renovación de nuestra vocación común.

Cuando escuchamos con atención las palabras de Jesús descubrimos una diferencia, un tanto oculta pero importante, que está presente en estas dos frases. Jesús dice: ¡Brille, así, vuestra luz…!, pero no dice  ¡Debéis ser la luz del mundo! sino ¡Vosotros sois...! Es una cualidad natural y obvia de la luz, el 'debe', ser aplicado a la luz, de brillar, no a un esfuerzo adicional, como un segundo trabajo. Así los/las dominicos/as no deberíamos considerar nuestra predicación como un trabajo suplementario, un peso depositado en nuestros hombros, además de nuestras obligaciones con la familia, la profesión laboral, la sociedad y la iglesia. Reavivar la llama de la antorcha de Santo Domingo como ¡Lumen Ecclesiae!, como ¡Luz en la Iglesia!, debería concentrarse en esta pregunta: ¿Cómo renovar la llama de nuestra vocación? La segunda será una consecuencia: ¿Cómo puede la luz que viene de Jesucristo, nuestro Señor, ser reflejada por nosotros/as, para que brille más eficientemente ante nuestros contemporáneos? Vivir la tradición hoy significa, usando la parábola bíblica, ¡mantener la llama ardiente, y no administrar las cenizas!

Santo Domingo – Predicador de la Gracia 

Dentro de la comisión que fue escogida para preparar los respectivos temas para los años de jubileo sugerimos dedicar este año 2009 a la

persona de nuestro fundador él mismo y su misión esencial: ¡Santo Domingo – Predicador de la Gracia! ¿Qué podría significar ese lema para nuestras comunidades laicas dentro de la Orden de Predicadores? Palabras que son muy utilizadas a menudo pierden su brillo y llegan a estar vacías, como las vainas sin semillas. Es el peligro de palabras piadosas e importantes que son demasiado familiares a nosotros. Por otro lado, “Gracia”, la Gracia de Dios a nosotros, es una palabra central de la Biblia, para ser encontrada allí casi 200 veces. ¡Es la calidad esencial de Dios! Sería muy provechoso y efectivo que deletreáramos a través de esa palabra de la Biblia, juntos ahora. El tiempo limitado no permite eso, desafortunadamente. Yo no oso contestarlo entrando en detalles. Qué puedo tratar aquí y en este momento es el de estar junto a ustedes en algunos de sus colores espectrales. ¡Cada región, subregión, provincia o vicariato, cada fraternidad o grupo, cada uno/a de ustedes puede considerar lo que eso podría significar, llegando a ser predicadores/as de Gracia en su sociedad e iglesia, en sus condiciones concretas de la vida! ¿Cómo podemos predicar la Gracia de Dios hoy, para que pueda ser comprendida realmente? Permítanme tratar siete traducciones de la palabra “Gracia” – según los siete colores espectrales principales de la una luz, reflejados en el arco iris:

Gracia = ¡Dios te ama incondicionalmente!

En un mundo de comercio, de venta y compra, de producir y ganar  bienes materiales, el amor como un regalo incondicional es ‘contra-productivo’ y provocador.  Nosotros no necesitamos producir nada para ser amados por Dios. Estaremos sorprendiendo y quizá primero causando sospecha cuando predicamos por nuestro comportamiento en el contacto con las personas que encontramos: “¡Yo no deseo algo de usted, que debe hacer para mí o la salvación de su alma. Quiero comprenderle y aceptarle, incluso presentarle maneras alternativas. Estoy interesado en su biografía, en sus esperanzas y desilusiones, en sus penas y alegrías. Lo que usted produce no es decisivo para mí, lo que usted es, es mucho más importante; y que usted llegue a ser feliz y satisfecho. Yo le estimo como hermano o hermana, amado/a por Dios desde principio de su vida. Usted es aún mucho más importante para mí que sus fracasos y caminos erróneos! ¡Nada nos puedo dividir del amor de Dios!”

Gracia = ¡Dios te creó como una persona única dentro una comunidad!

En un mundo de aislamiento y anonimato el valor de la persona individual a menudo es descuidado. El individuo ha llegado a ser intercambiable como una mercadería. Predicar la Gracia de Dios en esta situación podría significar estimar el valor del individuo. “Te he llamado por tu nombre, mío eres tú.” – esa promesa hablada por Dios al profeta Isaías (Is 43,1), y repetido por Jesús en sus palabras: “(El buen pastor llama a sus ovejas por su nombre ...” (Juan 10,3) – esa promesa puede dar cuenta cuando consideramos nuestra diversidad no como una amenaza de nuestra unidad, pero si como un enriquecimiento. Nosotros no necesitamos personalidades débiles sino fuertes en nuestra Orden, incluso si eso sea también fuente de conflictos. La manera cómo nosotros tratamos con disparidades de opiniones, puede también llegar a ser una predicación de cómo resolver conflictos de manera cristiana, justa y humana. Ustedes saben que nuestras primeras comunidades dominicas fueron llamadas “Sacra Predicatio” – predicación sagrada. Yo personalmente fui atraído a la Orden de Predicadores hace 46 años, porque me di cuenta que no había personas intercambiables sin cara, sino personas fuertes que viven, ríen y luchan juntos. El Espíritu de Dios provoca y apoya el desarrollo de carismas diferentes dentro de la iglesia. ¡Así  prediquemos nosotros la Gracia de Dios como personas únicas, unidos en una comunidad como nuestra Familia Dominicana dentro de nuestra iglesia cristiana!

Gracia = ¡Dios te propicia a reflejar su imagen!

Predicar la Gracia de Dios en un mundo donde la dignidad de las personas a menudo es tan acechada, podría significar - en la tradición de nuestros hermanos Francisco de Vitoria, Antón de Montesinos, Pedro de Córdoba y Bartolomé de las Casas y muchos otros hombres y muchas otras mujeres de nuestra Orden hasta en nuestros días: “comprometerse ilimitado para el respeto de cada sujeto sea quien sea”, especialmente para los que son rechazados y excluidos. ¿Dónde están hoy en nuestra sociedad, en mi ambiente, los ‘Lazaros’, los ‘leprosos’, los ‘pobres’, los ‘ciegos’, los ‘paralíticos’, los ‘hambrientos y sedientos’, incluidos los maliciosos y degenerados? Predicar el mensaje de Cristo crucificado y resucitado nos permite buscar y descubrir la imagen de Dios en un rostro humano, aún en los sujetos más enajenados y torcidos. Nosotros dominicos nos reconozcamos a nosotros mismos como esos/as que buscan la Verdad. Eso no sólo debe ser comprendido de frases formuladas dogmáticamente exactas, sino también ‘decodificando’ el rostro verdadero de Dios en la cara de todo de los seres humanos.

Gracia = ¡Dios te libera de todos tipos de esclavitud!

En un mundo de esclavitud y de la revancha el mensaje de Gracia debe recobrar el olor y sabor de la libertad.  El respiro profundo, el ay de alivio pueden ser el lenguaje respetado de cuerpo que responde a este regalo de amor de Dios. ¿Mediamos nosotros esta sensación de bienestar de la vida, cuando atestiguamos nuestra fe? En la tradición judía la liberación de la esclavitud por Dios es el principal acontecimiento histórico y espiritual, no sólo en la revisión, sino con consecuencias religiosas y sociales en la presencia y para el futuro. “¡Diario se tiene que dejar Egipto!” – este dicho viejo de sabiduría también refleja nuestra comprensión cristiana de salvación. “Egipto”- hoy: La permanente esclavitud de injusticia y guerra; la esclavitud de explotación y dependencia económica; la esclavitud de pecado. ¿Cómo predicar la liberación de Dios de todas las apariencias de esclavitud hoy? Predicando la justicia, la paz y el perdón de palabra y obra, puede ser el servicio de nuestras hermanas y nuestros hermanos especialmente en estos lugares, donde nosotros como frailes no tenemos el acceso necesitado. Seguramente, el sacramento de reconciliación es reservado a ésos que recibieron el ministerio de ordenación sacerdotal. Pero hay también el ministerio diario de perdón, para mejorar las condiciones sociales humanas, que es confiado a todos los miembros de un pueblo santo de Dios.

Gracia = ¡La compasión de Dios es ilimitada!

En un mundo, lleno de crueldad y sufrimiento, predicamos a un Dios que es complaciente y compasivo. La palabra hebrea para la complacencia es ‘rechem’, la misma palabra que fue usada para la matriz (la placenta) de una madre. Jesús renovó esta vista afectuosa de Dios, cuando dijo a sus discípulos para llamar a Dios con la misma expresión como ellos se dirigen a la persona humana más familiar, un padre amoroso (¡y seguramente también una madre!): “Abba” – papá/mamá. ¡Cuando hay padres buenos, estos son los mejores ejemplos para la compasión humana, cuan indefinidamente más podemos atribuir a Dios esta característica! Ser compasivo, puede ser un sermón muy impresionante de la Gracia de Dios. El apóstol Pablo invitó a la comunidad cristiana: “¡Gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran!” (Ro 12.15). El alegre, el lloroso, el decepcionado, el sufriente y el agonizante Jesús es y será para sus discípulos  la mejor persona de identificación con esa calidad de Dios. La compasión fue también el rasgo característico principal de Sto. Domingo, predicador de la Gracia.

Gracia = ¡Dios te confía su creación!

En un mundo, explotado y enajenado de su determinación, el cuidado de creación no es sólo el lema para partidos verdes o una afición para jardineros, sino un servicio necesario religioso. Acordémonos, cómo mi compatriota San Alberto Magno, el predicador itinerante y maestro de San Tomás Aquino, encontró las huellas de Dios en Su creación. También en nuestro milenio  la biodiversidad, hasta los milagros técnicos actuales, revela la abundancia y variedad de Dios mismo, alabada a menudo en los salmos bíblicos. Dios nos confía la tierra para el cultivo, para bienestar y utilidad de todos; el primer capítulo de la Biblia ya nos da una orientación para nuestra responsabilidad hacia el proceso de creación. Cuando nosotros mismos nos consideramos egoístamente como el centro de nuestras acciones de deseo, -  simbolizado por el ‘árbol de la vida’ en el centro -, aflojamos el paraíso, que Dios proporcionó a la tierra. “¡Paraíso perdido!”, sino también “¡Paraíso restaurado!” Ser un predicador laico dominico (= predicadora dominica), incluye el cuidado de todas las situaciones ‘desiertas’, para que puedan crecer pequeños ‘biotipos’ de la vida. Ser responsable para la integridad de la creación empieza con el cuidado diario cómo utilizar la energía y el medio ambiente, continúa con el conocimiento sobre procesos económicos saludables  hasta la materia científica difícil de la ‘bioética’. ¡No necesitamos ser expertos en todo! Pero laicas/os dominicos bien informados y entrenados, - no necesariamente académicos -, podrían llegar a ser predicadoras/es excelentes de Gracia en esas áreas tan esenciales para nuestra sobrevivencia.    

Gracia = ¡Dios nutre y supera tu esperanza!

En un mundo de desesperanza y desconfianza compartimos las frustraciones de nuestros contemporáneos. Pero también recibimos regalos con el don de la Gracia de Dios, la esperanza que “no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado.” (Ro 5,5). ¿Dónde está nuestra esperanza alimentada? Ni de pronósticos científicos ni del rasgo característico básicamente optimista. Nuestra esperanza tiene un rostro humano: ¡Jesucristo sólo! Él es la razón única de nuestra esperanza. Porque nosotros nos fiamos de sus palabras y actos, no necesitamos desesperar también en las extremas situaciones sin salida. Una comunidad creyente es el mejor caldo de cultivo, para que la planta de esperanza, a menudo tan susceptible, pueda prosperar. Es un signo de gracia cuando podemos reforzarnos uno al otro mutuamente en la esperanza. Ya San Pedro formuló en su primera carta: ”¡Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que la pidiere!” (1 Pe 3,15). Pero las promesas de Dios están más allá de nuestras comprensiones. Él quiere darnos interminablemente más de lo que podemos esperar en nuestros sueños aún más optimistas. Por lo tanto predicar la Gracia de Dios jamás se contentará con las condiciones dadas. No hemos nacidos como pollos, tratando algunas tentativas desesperadas de vuelo en nuestra jaula limitada de vida. ¡Hemos nacidos como águilas, determinados para levantarnos con las alas de la esperanza en el cielo! La Gracia de Dios nos dará para eso el viento ascendente necesario.

Conclusión

Estimadas hermanas y hermanos, en cada uno de esos siete ‘colores espectrales’ de Gracia ustedes podrían encontrar muchos ejemplos en las historias de la Sagrada Escritura y así en la biografía de nuestro padre Sto. Domingo – y ojalá en nuestro currículum; para que también nosotros seamos llamados a continuarlos. “¡Vosotros sois la luz del mundo!” -  ¿Vamos al encuentro de esa dirección? ¡Utilicemos estos años de jubileo para alabar, para estudiar, para predicar la Gracia de Dios en nuestros días cada vez más juntos como una familia!


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