Los cristianos están persuadidos de que en un hombre concreto, Jesús de Nazaret, se ha dado la definitiva manifestación de Dios para todos los hombres de todos los tiempos, manifestación que es insuperable y exclusiva: «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4, 12).
Si Cristo y su Evangelio tienen una relevancia universal, la fe cristiana no puede convertirse nunca en cuestión meramente privada. De ahí que todo creyente sea, por definición, un testigo de la fe y, lo que es más, que no pueda dejar de serlo: «Nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hech 4, 20). «¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Cor 9, 16; cf. 2 Cor 4, 13; 2 Tim 2, 4). El Vaticano II expresa así esta convicción: «la Iglesia es, por su naturaleza, misionera»1. Dicho de forma más personal: «La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo»2. Y la iglesia se sabe misionera por razones positivas, «por su naturaleza», «por exigencia radical de su catolicidad»3, y no precisamente porque los hombres sean malos y se vayan a condenar si la predicación y el testimonio de los cristianos no llega a ellos. La misión no es ante todo un problema de «los otros», sino un problema eclesial: «Ay de mí (no ¡ay de ellos!) si no evangelizo». Por eso cabe afirmar: «la Iglesia no podrá comprender y expresar concretamente su naturaleza y catolicidad más que en la medida en que establezca contacto y comunión con toda la familia humana. La misión se presenta, pues, como un constitutivo esencial de la Iglesia».
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